Revisando los contenidos de Cantabricus, creo que se nota que al que suscribe le da por protestar; se ve también que me gustan los bichos grandes, peludos, o plumíferos: lobos, osos, urogallos, etc.
Por eso esta entrada va de abejorros [i].
Imagina una reina de abejorro, de esas que te pasan zumbando al lado un día cálido de Febrero. Caminas con distracción y abandono por el campo, y su zumbante aparición te provoca un seudo-movimiento de huida, un reflejo descoordinado, algo patético, seguido de una comprobación furtiva de que ningún otro ser humano ha contemplado la escena. Compara, digo, esa reina de abejorro con una hormiga promedio.
Es un bicho grande; y peludo.
Es además un insecto; un himenóptero social, primo de abejas, avispas y hormigas, capaz de fundar y formar una colonia a partir de los huevos que transporta en su abdomen, y de controlar el sexo de sus descendientes y su papel en la colonia. Gran parte de esos descendientes serán hembras, concretamente obreras, cuya tarea diaria es ocuparse del bienestar de la colonia, entre otras cosas consiguiendo comida. Y esa es la clave: estos bichos comen esencialmente néctar, esas sustancias ricas en azúcares y sustancias aromáticas, proporcionadas por las flores o a veces por estructuras fuera de ellas (nectarios extraflorales) [ii].
¿Y a cuento de qué andan las flores dando azúcar por ahí, a cuatro bichejos? En biología, donde nada es sino a la luz de la evolución [iii], regalos los justos. Los regalos no aportan a priori más descendientes al que regala [iv], y por tanto no transportan el altruismo (a.k.a. buen rollo) a la siguiente generación. Hay que fijarse no obstante en que las flores son órganos reproductores, aunque a diferencia de lo que ocurre con los nuestros, tendemos a cortarlas, enseñarlas y regalarlas. Y esos abejorros de la casta obrera, concretamente abejorras, más pequeñas que la reina pero todavía grandes y peludas en el mundo de los bichos, son esenciales en esa reproducción: al llevarse el néctar ofertado por las flores, se llevan también el polen, los gametos masculinos de la flor. Y se los llevan hasta otra flor: la polinizan. Los abejorros son polinizadores especialmente importantes en ambientes templados y fríos; son por tanto especialmente importantes en la región eurosiberiana de la Península Ibérica, y en las montañas. Al menos 24 especies viven en la Cordillera Cantábrica [v].
Así y todo, dices que no te van los insectos. No, lo nuestro son los tigres del Amur y los tiburones oceánicos de punta blanca, en plan top predator, fauna emblemática. Pero mientras pensamos o miramos a esas grandes bestias procesamos con gusto una buena manzana, o unas almendras tostadas, o miel de brezo. Sin reproducción en las plantas ni tú ni yo estaríamos aquí. Por eso todos debemos respeto y atención a los polinizadores. Son esenciales en los ecosistemas naturales porque intervienen en la reproducción de las plantas; son críticos también en los derivados culturales de esos ecosistemas, donde se asientan multitud de cultivos necesarios para dar de comer a la tropa humana.
Y el caso es que hay preocupación por el estado de conservación de algunos polinizadores [vi]. Hace ya unos años, los británicos se preocupaban por los abejorros, con el llamativo título Where have all the bumblebees gone (emulando el título del clásico folk de Pete Seeger “Where Have All the Flowers Gone”). Y en USA hace también años que se preocupan por declives generalizados de abejorros [vii], e incluso por mortalidades masivas de las colonias domésticas, comerciales, de Apis mellifera [viii]. Unas cosas y otras llevan a que se hable con soltura de una Crisis de la Polinización; posiblemente con demasiada soltura [ix], como suele ocurrir cuando abusamos de eslóganes. Las causas de los declives son variadas; una obvia, la transformación de hábitats naturales, variados, en monocultivos. Otras incluyen parásitos y patógenos, y pesticidas [x]
Supongo que ese ambiente de preocupación general es favorable para que se adopten – o permitan – determinadas medidas de “gestión”, intervenciones raudas para solucionar humanamente los problemas humanamente generados. Tengo en la cabeza la proliferación de instalaciones con colmenas de abejas domésticas en la montaña cantábrica, pero hay muchos más ejemplos. Y no sé si es por genuina preocupación por la polinización, o sólo porque en general nos gusta eso de manejar, se reciben con aparente alegría esas instalaciones. No veo razón biológica para la buena acogida, y menos para los permisos otorgados para llevarlas a cabo en espacios protegidos [xi]. Y me explico, brevemente y recurriendo sólo a algún ejemplo de la literatura científica más robusta [xii].
Por un lado, las abejas domésticas compiten y pueden desplazar a los polinizadores salvajes [xiii]. Y como la competencia es habitualmente más intensa entre las especies más cercanas en filogenia y ecología, los abejorros y otras abejas silvestres reciben primero el golpe, viendo reducido su éxito reproductor en presencia de abejas domésticas [xiv]; incluso en aquellas regiones dentro del rango de distribución original de Apis mellifera [xv]. No creo que sea muy distinta esta historia de la protagonizada por los herbívoros domésticos y los salvajes: no sobra verde para tanta pezuña, no sobra néctar para tanta trompa.
Por otro lado parece una vez más un asunto de intervenciones “parche”, de conservación y gestión sonriente: se actúa sobre un problema en el medio ambiente – real o no – sin conocer las causas últimas del mismo y, por tanto, con reducidas posibilidades de solventarlas. ¿Existe un déficit de polinización en una comunidad natural? Si se comprueba que existe tal déficit (y excluyo las explotaciones comerciales del razonamiento) habrá que abordar primero el porqué, y después intentar recuperar las poblaciones de polinizadores salvajes. Si estos tienen problemas, ¿qué tiene de razonable ponerles encima colonias y colonias de abejas domésticas, de competidores generalistas?
Como en otros muchos casos, sería deseable que la gestión del medio natural en España se apoyara más en la ciencia, que para eso está. Concretamente en este contexto de polinización y abejorros, y sólo mirando en mi entorno más inmediato, hay investigadores dedicándole atención a estos bichos: Emilie F Ploquin defendió su tesis doctoral (pdf, 50 MB) sobre abejorros recientemente.
Acabo con un tono más positivo, que parece que las noticias lo permiten: mientras preparaba este texto entraba en mi campo de radar una nueva publicación de perfil alto y autoría múltiple (y además acceso libre), apuntando la recuperación de algunos polinizadores [xvi].
Que así sea, y se recuperen los polinizadores salvajes.
[i] Aunque llevaba tiempo con esto en la recámara, lo escribo ahora motivado por algunos intercambios con Jorge Echegaray, Alberto Martínez Gándara y Pablo R. Solar, a los que agradezco el estímulo.
[ii] Néctar en Wikipedia en español, y mucho más completa en la Wikipedia en inglés.
[iii] Recomiendo leer la fuente original para poner la cita de Dobzhansky en el contexto correcto, evitando así abusar de la misma.
[iv] Si bien puede haber excepciones, especialmente en el caso de animales sociales, en grupos emparentados.
[v] Fernández Ploquin E. 2013. Desplazamientos altitudinales y características ecológicas de los abejorros (Bombus spp.) de la Cordillera Cantábrica. Tesis Doctoral, Universidad de Oviedo.
[vi] Potts et al. 2010. Global Pollinator Declines: Trends, Impacts and Drivers. Trends in Ecology & Evolution 25, doi:10.1016/j.tree.2010.01.007
[vii] Cameron et al. 2011. Patterns of widespread decline in North American bumble bees. PNAS 108, doi: 10.1073/pnas.1014743108
[viii] vanEngelsdorp et al. 2009. Colony Collapse Disorder: A Descriptive Study. PLoS ONE 4:e6481, doi: 10.1371/journal.pone.0006481
[ix] Ghazoul J 2005. Buzziness as usual? Questioning the global pollination crisis. Trends in Ecology & Evolution 20, doi: 10.1016/j.tree.2005.04.026
[x] Gill RJ, Ramos-Rodriguez O, Raine NE. 2012. Combined pesticide exposure severely affects individual- and colony-level traits in bees. Nature 491, doi: 10.1038/nature11585
[xi] Entiendo que esas intervenciones requieren de la tramitación y concesión de los permisos pertinentes. Por otro lado, no discuto aquí que puedan existir otras motivaciones para alegrarse de determinadas actuaciones (e.g., socioeconómicas).
[xii] La lista de referencias no pretende ser exhaustiva; puede haber muchas otras más relevantes o novedosas. Para ampliar contenidos, puede estar bien buscar alguna de las aquí citadas en Google Académico, y comprobar qué otros artículos relacionados la citan a su vez.
[xiii] Oigo a veces que en español es ortodoxo decir “silvestre”. Creo que particularmente en conservación y gestión la ortodoxia nos tiene ya suficientemente domesticados, y Silvestre era el gato al que Piolín debe su fama.
[xiv] Thomson D 2004. Competitive interactions between the invasive European honey bee and native bumblebees. Ecology 85, doi: 10.1890/02-0626
[xv] Goulson D, Sparrow KR. 2009. Evidence for competition between honeybees and bumblebees; effects on bumblebee worker size. Journal of Insect Conservation 13, doi: 10.1007/s10841-008-9140-y
[xvi] Carvalheiro et al. 2013. Species richness declines and biotic homogenisation have slowed down for NW-European pollinators and plants. Ecology Letters 16, doi: 10.1111/ele.12121
En ecología estudiamos que los predadores, los consumidores en general, cambian de presa o recurso cuando estos escasean. Optimizan así el balance entre la energía adquirida o ahorrada a partir de ese recurso, y la gastada en adquirirlo. Y un concepto equivalente se estudia en economía. A ver, ni siquiera yo recorrería 15 distribuidores para dar con ese malta sencillo concreto, con el gasto de transporte y neuronas que supone, teniendo la posibilidad de ponerme del color de la turba con cualquier otro whisky decente de la tienda del barrio.
Y por recursos podemos entender las presas de una libélula, o de un jaguar; recursos son también las hojas comestibles para un ungulado, o los sitios apropiados para que anide un ave marina en un acantilado, etc. Por tanto, cuando un recurso se hace raro los consumidores cambian de objetivo.
¿Cuando y por qué? Tenderán a buscar recursos alternativos, o a tomar las de Villadiego, cuando el coste de conseguir ese recurso supere al beneficio obtenido de él. Imaginemos un predador, ganándose la vida frente a una población de presas; esos predadores no deberían extinguir a sus presas, se les acabaría la gasolina buscándolas, a medida que se hacen difíciles de encontrar:
El esquema de arriba pretende ilustrar la idea: a medida que disminuye la densidad de una población de presas, el coste de extraer individuos llega a igualar y después a superar al beneficio obtenido; o al valor de los individuos extraídos en el mercado en el caso de una actividad comercial. Y esa combinación tiende a un equilibrio estable, a tamponar la explotación excesiva (flechas naranjas y X).
¿Seguro que funciona así? Pues en muchos casos si, y en otros no. Ay, esa falta de respuestas cortas en la natura…
En las relaciones predador-presa puede haber excepciones puntuales a ese patrón. Pero no va esta entrada de excepciones al patrón natural, sino más bien de anomalías frecuentes, propias de esos predadores peculiares que somos los humanos.
La primera anomalía pasa por desafiar eso de que la rareza del recurso anula la rentabilidad de su explotación. Para los humanos, el valor de algunos recursos aumenta con la rareza; el efecto fetiche. Hay muchos ejemplos, pero uno bastante mediático es pagar lo que haga falta por la genitalia de tal especie -amenazada- con la esperanza de volver a ver al fantasma de la virilidad pasada, mandando de paso a esa especie al mismo reino fantasma. También es verdad que quizá sea mediático en España porque los responsables mayoritarios viven en la otra punta del globo.
En el gráfico: a pesar del incremento del coste de extracción del recurso, el incremento del precio de venta determina que siga siendo rentable la explotación.
No hay por tanto un equilibrio de fuerzas, y la explotación puede llevar a ese recurso, a esa población, a la extinción (flecha naranja arriba). Sean los tigres y sus testículos, los rinos y sus cuernos; sean, mucho más cerca, los salmones astures, o las angulas. Esta idea, con ejemplos incluidos, la podéis ampliar en un artículo de acceso libre publicado en PLoS Biology [1]. Esta era pues una de las anomalías humanas a la optimización del uso de recursos, el fetiche.
Otra anomalía, llamada explotación oportunista, muestra un principio similar: la rareza no impide la explotación del recurso. Sin embargo el mecanismo es distinto. En este caso la explotación no se debe a la búsqueda de un recurso raro, sino a la desafortunada coincidencia de ese recurso con otros también interesantes, y mucho más comunes, que hacen rentable la búsqueda. Los últimos individuos de una especie previamente explotada no son el objetivo, no serían rentables, pero sí son extraídos alegre y rentablemente en caso de encontrarse en el camino de un recolector dedicado esencialmente a otras especies. Si los fetiches definían el problema anterior, este sería rodearse de victimas.
Podéis ampliar la idea leyendo a los autores de algunos trabajos al respecto, aunque para mi gusto en ese enlace se quedan cortos en el análisis de las soluciones. También es verdad que teniendo en cuenta que se dedican al proceloso mundo de las pesquerías, adivino el nivel de complejidad social al que se asoman.
Y termino. Las razones de haber escrito esta entrada son esencialmente dos; por un lado, me parecen conceptos relevantes en conservación que a mí nadie me contó cuando estudiaba, y así me los aprendo ahora. Y por otro, estas historias relacionadas con la exageración del valor de lo raro me recuerdan, salvando claro las distancias, a otras cada vez más habituales en el contexto de observación de la Naturaleza: la búsqueda de engrosar listas personales de especies con rarezas [2], la necesidad de capturar uno mismo la foto o el vídeo de turno, etc (en este contexto la explotación oportunista suena mejor).
Yo diría que si el objetivo es observar y disfrutar la Naturaleza, será mucho más rentable aprovechar las muchas oportunidades que nos proporcionan las especies más comunes, y las interacciones entre ellas. Disfrutar de aquellas especies e interacciones a las que no hemos llevado todavía al rincón de la rareza.
Notas y referencias:
1- Courchamp et al. 2006. Rarity Value and Species Extinction: The Anthropogenic Allee Effect. PLoS Biology 4:e415
2- por definición, el coste de la empresa aumenta cada vez que se añade alguna especie a la lista
Leo esta misma mañana en Twitter:
Recuerdo que hace ya unos años me tocó dar una charla sobre bosques norteños, en la reunión de una asociación de ingenieros forestales. Alguien del público me llamó utópico. Más o menos por las mismas fechas, un compañero de trabajo me llamó “mirlo blanco”.
Y así entró el pragmatismo en mi vida. Está bien eso, un poco de cordura entre tanto lirismo y tanta chorrada filosófica, carajo, que estamos con prisa. Ha sucedido después en distintos contextos, un montón de veces.
Y de verdad que lo entiendo; está bien descrito incluso en la literatura científica (que pesao eh), lo he dicho más veces y lo cuento en clase: la biología de la conservación es una disciplina de crisis, es a la ecología lo que la cirugía es a la fisiología… etc. Ese argumento clásico y acertado no es mío, es de Soulé, de 1985 (pdf aquí a 13.04.2013)
Y aquí retomo la cita de arriba, que me gusta coleccionar y sacar a pasear frases bonitas. La utopía, como la wilderness de la cita, sirve para dar perspectiva. Indica lo que podríamos ser en ausencia de determinados condicionantes. Algunos de esos condicionantes serán, en cualquier momento discreto, fáciles de superar. Otros parecerán imposibles; unos pocos lo serán. Esa perspectiva es la que suelo buscar cuando digo cosas que, invariablemente, le sonarán utópicas a unos u otros.
Esa perspectiva es la que me parece que falta en la conservación en España. Y es una afirmación deliberadamente general, que ya sé que mucha gente trabaja bien y tiene más perspectiva que yo. Tengo la impresión de que la gestión monoespecífica se instala en el ideario y práctica general. Por definición de especie, eso resultará en que las acciones supuestamente favorables a unas irán en detrimento de otras. “A mis mariposas les vendría genial tal cosa”; “a mis oropéndolas tal otra”; “y no os olvidéis de compatibilizar a ese que muerde con el desarrollo sostenible”.
Y estaría bien saber, en general, cuál es la idea que perseguimos en conservación. ¿Cuál es la perspectiva, el punto lejano al que estaría bien llegar?
Así que sí, que entiendo las llamadas al pragmatismo. Sólo un apunte: especialmente en los últimos años en España oímos a diario llamadas de ese tipo: “dado el estado de la deuda pública, lo razonable es empezar a cobrar por determinados servicios sanitarios”; “la región está en quiebra, hay que recortar en educación y cultura, que no son esenciales”. A ver, que ya sé que no es lo mismo, que eso lo dicen los malos, que los pragmáticos que me dan collejas a mí son los buenos.
¿O será que todos somos un poco utópicos, pero mejor si no nos pilla muy cerca?
Puestos a seguir con la fantasía, estaría bien calmarse un poco, y no pretender tumbar ideas por utópicas. Mejor tumbarlas por falsas. Por lo demás, castaños y utópicos están aquí para quedarse.
Es oficial: el Gobierno de Cantabria conoce las causas del declive de la población de urogallos de la Cordillera Cantábrica. Además, más interesante incluso, sabe como eliminar esas amenazas.
Asunto resuelto. A partir de ahora, no hay más que leer el proyecto del “Plan de recuperación del urogallo cantábrico”.
No mucho más que decir aparte de una imagen extraída del documento. O dos. Se podría interpretar que saben como corregir el cambio climático, pero no descarto que eso sea exceso de entusiasmo por mi parte.
En la página 4 del documento:
También parece que se han logrado avances notables en la gestión y la semántica del medio natural:
Dejad la investigación y la lectura; no son necesarias.
PS 2013.03.08 09:50: quizás la afirmación anterior sea demasiado magra y, por breve, excesiva. No es verdad que en España no se use la ciencia. Hay bastantes ejemplos en los que ONGs y administraciones basan sus actuaciones en investigación. El problema en España, tal y como yo lo percibo, es que se usa la ciencia que dice lo que uno quiere oír o aplicar. Si coincide bien, se glosa el escrupuloso uso del progreso en el trabajo de uno. En caso contrario, se queda uno con lo escrito por alguien 40 años atrás, especialmente si el autor se ha reunido ya con sus ancestros y no puede revisar su trabajo a la luz de los nuevos conocimientos. Incluso es posible que en un ataque de celo en el culto a los tiempos pasados se ensalce al viejo y se insulte al nuevo. No, no me lo invento, pero paso de momento de devolver insultos.
“Lo que uno quiere oír o aplicar”, escribo antes. Si, en conservación en España se ven con buenos ojos las actuaciones que generan inversión y fomentan empleo. Las que no tanto, o incluso las que no generan un empleo ya aprendido, se implantan mucho peor. Es comprensible que haya que fomentar el empleo; me gustaría de hecho muchísimo encontrarme en unos años a los alumnos trabajando “en lo suyo”. Pero supongo que, incluso sin necesidad de proponer aquí ejemplos, estaremos de acuerdo que lo del empleo en cualquier cosa, a cualquier precio, no es una vía recomendable.






